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Pediatras y psicólogos: dupla vital para la salud de nuestros hijos
20120612

Es propósito de este articulo reflexionar sobre la importancia de realizar una consulta psicológica  a tiempo, como así también resaltar  la responsabilidad profesional del construir y ofrecer a los padres un diagnostico diferencial claro,  que dé cuenta sobre lo que está aconteciendo   en  la subjetividad de ese niño/a,  esclareciendo además cuáles son los obstáculos que éste encuentra para crecer saludablemente. 

 

Pediatras y Psicólogos deberíamos conformar  la dupla necesaria y vital de consulta en los tiempos de la infancia y la niñez, realizando intervenciones  en salud y no solo cuando se ha instalado un síntoma, una enfermedad.

 

En tiempos de la infancia y la niñez la intervención temprana, es una de las herramientas más valiosas  para la prevención;  no obstante, diversos factores pueden influir para que los padres o familiares cercanos a un niño no consideren a la Psicología como una disciplina a la que acudirían de igual manera que lo hacen al asistir al pediatra, neurólogo u otros profesionales del ámbito médico.

 

Es preciso destacar que el psicoanálisis  que aborda los tiempos de la infancia, la niñez y adolescencia, se sostiene con un cuerpo  teórico y clínico específico, distinto y suplementario   a los presupuestos del psicoanálisis clásico de adultos, ya que desde la exclusividad de  éste, no es posible entender la complejidad de lo que sucede con aquellos (infante, niño, adolescente). El psicoanálisis que se acerca al niño se diferencia del   que a partir del adulto reconstruye el niño que fue.  La clínica con niños esta junto a un niño que nos dice por sí mismo como es su niñez, lo mismo acontece con los adolescentes.

 

Es necesario dejar en claro que el saber con el que se contaba antes de la emergencia del psicoanálisis con niños no alcanzaba para comprender la psicopatología de la niñez, menos aun para entender como un niño llega a apropiarse de su ser, de aquello que preferimos llamar su subjetividad.  

 

Seguramente podríamos afirmar con cierta certeza, que ante la presencia de una molestia o dolor que un bebé o niño presentara en su organismo, los padres no dudarían en acudir a la consulta con el pediatra, Si el dolor persistiera, la preocupación generaría una nueva consulta y así hasta que el  alivio aconteciera.

 

¿Por qué esa batería, esa red de búsqueda e interconsulta frecuentemente no incluye a la psicología?

Destaco una especificidad propia de la infancia,   para alejar cualquier duda “adultocentrista”; pensemos cómo ciertas patologías son propias de los inicios de la vida y no suceden en ningún otro momento  de la misma, es decir su emergencia es exclusiva de la infancia.

 

Es precisamente, dicha especificidad, la que nos ha permitido  acercarnos a entender los procesos  asociados,  al uso de sustancias tóxicas (adicciones), la vivencia atroz del cuerpo con  agujeros, al que se lo intenta restituir  a través del consumo. Cuerpo abierto, desgarrado, desubjetivado experiencia también presente en los Trastornos de la Alimentación.  El acercamiento al estudio del niño con autismo, la consideración del uso de los “Objetos duros de sensación”,  con los que  intenta armar fallidamente una superficie continua de cuerpo, una coraza que los proteja de los estímulos del medio que los rodea, nos lleva a comprender como su uso masivo aleja al niño como al adicto a las relaciones con los otros y con el mundo que lo rodea.   

 

Es importante marcar que un psicoanalista de niños no solo trabaja con niños, por el contrario para poder trabajar con niños  y adolescentes  tiene que conocer y  haber trabajado con adultos, por lo tanto aquí una inflexión: No todo psicoanalista que trabaja con adultos trabaja con niños, pero quien trabaja con niños tiene que saber trabajar con adultos.

 

Es claro que, el saber que la psiquiatría o la psicología han logrado sobre las Fobias, Trastornos Obsesivos Compulsivos  y Depresiones, entre otras patologías de la edad adulta, es insuficiente para pensar los mismos cuadros clínicos cuando acontecen en la infancia,  adolescencia.  Del mismo modo, vale la pena repensar lo Impreciso del uso de siglas, cuya utilización muchas veces es inadecuada  y masiva. TGD, por ejemplo, Trastornos Generalizados del Desarrollo, muchos de ellos con el subtítulo, no especificado. Aquí, una precisión, es conveniente la consideración  del pasaje de lo singular clasificatorio del Síndrome del Autismo Infantil a la categoría de AUTISMO DE LA INFANCIA, máxime, teniendo en cuenta que es la  patología más temprana en tanto acontece en los momentos iniciales de la vida. 

 

Si de autismo(s) hablamos, nos encontramos con un niño que no puede disponer de una boca para hablar, para comunicarse; manifiesta una posición oposicionista  a entrar en contacto con quienes lo rodean, a  sonreír ante la presencia del rostro materno,  tampoco logra amoldarse a los brazos de ella. Las necesidades básicas para la vida no logran constituirse en rutinas armónicas. Panorama frente al que los padres se sienten desconcertados, llegando a pensar incluso que su hijo nos lo quiere…,   todo en  él nos dice que su proceso de crecimiento, se encuentra en serios problemas, pero cada niño produce en sus manifestaciones algo que le es propio, que es irreductible a la generalización de una sigla clasificatoria como el T.G.D.

 

En cuanto a la consideración del tratamiento,  pueden hallarse distintas posiciones, algunas  en claro enfrentamiento,  intentando atribuirse un saber sobre el síndrome y una clínica específica.

 

La psiquiatría, la neurología, la biología, la psicología, la fonoaudiología y tantas otras disciplinas hablan, por suerte pueden hacerlo, lo lamentable es cuando algunos profesionales sostienen su práctica bajo la lupa de la oposición binaria, descartando lo que otros pueden aportar. Dejaré para otro momento fluir la letra sobre el particular, no sin antes de recordar que la oposición cuerpo mente o  patología orgánica vs psicógena, empobrece,  es iatrogénica, mutilante y hace perder tiempos preciosos que inciden en la recuperación de un estado saludable.

 

Retomando  el aporte de la clínica y teoría propias de la infancia, la niñez y la adolescencia, es pertinente aludir a una reflexión sobre el sujeto al que se refieren, desde un marco no necesariamente psicopatológico.  De ahí que, “Su majestad el bebe” deba trabajar arduamente para llegar a Ser una Niña/o. Descorramos del horizonte que una niña/o es lo producido de la sola acción o deseo de  los padres. Desde la cuna misma tendrá que ligar el cuerpo (real) biológico a un cuerpo libidinal, a solas no podrá, sería imposible,  necesita de la voz materna y la de su entorno que le hable acerca del placer que experimentan de que haya nacido, de lo lindo e importante que es para ellos contar con él, suponerle capacidades de pensamiento similares a los de la madre y del padre;  la madre hace referencia  a un niño que le habla, en ese intercambio existen un uno y un otro activos.  

 

Actividad, la del niño, que pronto devendrá en juego. Si bien, es deseable  que un niño pueda jugar, es más importante aun que lo haga con alegría y por el jugar en sí mismo. Un niño no juega necesariamente para reparar alguna experiencia de dolor, o para elaborar activamente lo sufrido pasivamente, juega porque es el bien privilegiado con el cuenta para construir su subjetividad, su identidad, su salud.

 

Un apartado del libro de Antoine de Saint-Exupéry, El principito, nos puede acompañar para hacer más comprensible  el trabajo de crecer con el que el infans se confronta.

 

Qué le pide el zorro al principito? que siendo un zorro igual a todos los otros zorros lo ayude a ser a su vez uno diferente a cualquier otro zorro,

-dijo el Principito-. Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”?

-¡Ah!…, es una cosa muy olvidada -respondió el zorro-. Significa “crear lazos”.

-¿Crear lazos?-preguntó el Principito.

-Así es -confirmó el zorro- Tú para mí, no eres más que un jovencito semejante a cien mil muchachitos.     Además, no te necesito. Tampoco tú a mí. No soy para ti más que un zorro parecido a cien mil zorros. En cambio, si me domesticas…, sentiremos necesidad uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo.

 

Tomo aquí el domesticar como la creación de lazos de afectos y no como el  sometimiento de uno por otro.  El zorro al igual que el bebé a solas no puede, necesita de otros privilegiados que lo ayuden, que lo acunen, lo acaricien, lo piensen, que le confieran la capacidad de ser el mismo. 

 

Resaltando el valor del vínculo, del lazo y su incidencia en la salud del niño,  pensemos en un bebé al poco tiempo de haber nacido,  como la mamá puede hablarle y decirle: estas contento!, ya te diste cuenta que es la hora que llega papá. Al llegar el padre, la madre le dice te estaba esperando, se dio cuenta que ya venias.

 

¿Es posible para el bebé esa lógica de pensamiento? No. La madre le confiere una capacidad que aun por sí mismo el bebé no tiene, pero al verlo como tal, lo ayuda a que pueda crecer e ir siendo y haciéndose.

 

Pero he aquí en lo que la madre, como otro privilegiado le confiere a su bebé, en donde el niño encuentra la continuidad de su vivir. Sin más, cabe afirmar que fallas en el vínculo  irán dejando marcas  que cuentan con la potencialidad de ser la base para la constitución futura de  un síntoma, claro, dependerá también de lo que el niño pueda hacer ante ese fallo. 

 

Ante un pedido de consulta, el pediatra centrará su mirada sobre el crecimiento de ese bebé, pero desde unos parámetros preestablecidos, cuantificables, propios de su saber, averiguará entonces, por los ritmos de la alimentación, vigilia-sueño, peso etc. Quizá también podrá preguntar sobre la forma en la cual la madre acuna a su bebe, pero no obedece a su formación pesquisar cómo juega, indagar sobre la alegría que experimenta o no al hacerlo, sobre las marcas que deja la existencia del bebé en la casa. Allí encuentra su total pertinencia el ámbito psi y su quehacer clínico en aras de la prevención, no como saber opuesto, diferente al fin, y en todo caso suplementario. 

 

Por la diversidad de puntos de vista, por la diferencia en pensar cómo crece un niño, se hace necesario sostener a plena voz,   la necesidad del trabajo en conjunto entre el pediatra y el psicólogo. La interconsulta a tiempo  con el  psicóloga/o, cuando un bebé presenta dificultades para comer, para dormir,  cuando los padres lo ven demasiado tranquilo, cuando sienten que algo no anda bien.

 

Interconsultar no es condición de la necesidad de comenzar una terapia psicológica.  Solo por cuestiones de espacio en la nota,  la referencia es al bebé, pero igual correspondencia sostengo en las niña/os, adolescentes y adultos. La diferencia sustancial es que los bebés, los niños y los adolescentes,  no pueden llegar por sí mismos, es la decisión de sus padres.

 

He aquí la necesidad de remarcar que consultar a un psicólogo no es un  acto de fe, lejos estamos de pensar en nuestro país que aquellos que van a psicólogo o al psiquiatra son Locos. Quien lo siga afirmando que arroje la primer piedra.

 

He tratado de sostener el por qué consultar, pero qué se puede esperar cuando la entrevista se lleva a cabo? aquí merece un párrafo aparte  el diagnostico psicológico.

 

A lo largo de mi  experiencia profesional, como docente y supervisor en la Universidad de Buenos Aires, pude encontrar en repetidas oportunidades que  muchos padres llegan a las primeras entrevistas, luego de haber sostenido tratamientos anteriores, sin saber por qué sus hijos fueron tratados. O no les dijo el profesional, o lo que les fue dicho no lo entendieron.

 

El diagnostico es necesario como herramienta que guie el trabajo de una terapia, debe ser dicho en forma tal, donde los padres puedan comprender qué es lo que le pasa a su hija/o,   necesariamente va tener que incluir una dimensión particular que es el crecimiento, es decir la propulsión a la salud que los niños tienen. Recordemos que estamos interviniendo en el momento mismo donde los procesos psíquicos se están produciendo. De ahí la importancia de no demorar la consulta, cuanto antes tengan lugar las intervenciones se reducirán las marcas y los daños en los procesos psicológicos.

 

Por lo tanto, a la categoría diagnóstica y al diagnóstico en psicoanálisis vamos a tener que introducirle y tener muy presente, aquello que es inherente  a  la situación del crecimiento. Y esto nos va a llevar a pensar desde qué posición vamos a sostener el diagnóstico y desde qué lugar vamos a pensar la clínica de niños. Con qué teorías o con qué marcos teóricos nos vamos a sostener. Vamos  a tener que pensar que trabajar con un niño no es solamente trabajar con él porque un niño está inserto en un medio, donde la incidencia del ambiente establece variables y consideraciones particulares en las que ese niño crece y desde las que puede ser facilitado o no  ese crecimiento. Por lo tanto vamos a encontrar que el abordaje con niños no es una clínica menor, que no es más, ni menos fácil, que no difiere en la complejidad con la de los adultos, sino por lo contrario. 

 

Es responsabilidad de todos los profesionales, descentrarnos del ostracismo de nuestro saber,   construir en la práctica aquello que desde el discurso se sostiene, no hay un niño de la pediatría, otro de la neurología, de la psiquiatría, de la psicología, de fonoaudiología o de tantas otras disciplinas. Hay uno y solo un niño que puede estar pasando por  dificultades. Es ese nuestro compromiso ético y clínico.

 

Han quedado varios temas a partir de estas líneas introductorias, seguramente a partir del interés de Uds. el dialogo que propongo hallará continuidad. 


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