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Síndrome de Münchausen
20110920

En un artículo anterior, el Lic. Rolon había planteado la existencia de ciertas formas patológicas del amor. Expresaba cómo en algunas parejas, la obsesión por el otro se transformaba en una dependencia vital. Estas relaciones, que la psicoanalista francesa Piera Aulagnier, llamaba relaciones pasionales, se caracterizan por la asimetría del vínculo. Uno es objeto para el otro, objeto de necesidad no de amor, por lo tanto, ya no hay "pareja", hay asimetría, no hay reconocimiento del semejante.


Una variedad patológica, muy poco frecuente, pero que se presenta podríamos decir, bajo las máscaras del amor, es el denominado Síndrome de Münchausen. Decimos bajo las máscaras del amor, pues en realidad es una de las formas del abuso o maltrato infantil, en este caso se denomina Síndrome de Münchausen por proximidad o poder.


También los adultos pueden padecer este extraño y poco frecuente trastorno.


¿De qué se trata este síndrome?


Fue descripto por primera vez por el Dr. Asher en el año 1951, en un artículo publicado en la revista Lancet, donde señalaba a partir de la recopilación de una serie de casos estudiados por él, la rareza de este fenómeno y sus extrañas presentaciones clínicas. Mas tarde, en 1977, el Dr. Meadow, R., escribe un artículo llamado Síndrome de Münchausen por proximidad, basado en la relación abusiva de un adulto con un niño en función de que aquel, ocupa un lugar de poder en la relación.


Señalan estos autores que la presentación de este cuadro clínico en los niños, se caracteriza por que, generalmente la madre, lleva al niño al hospital demandando atención especializada, requiriendo múltiples y complejos estudios, para descubrir la índole de la enfermedad que aqueja a su hijo y de la cual ella afirma que debe responder a alguna enfermedad, sea esta conocida o no.


La madre es colaboradora con el personal hospitalario, es afectuosa, se presenta con un esmero y cuidado por el niño fuera de lo común, con lo que aparentemente es una verdadera preocupación por la salud del niño, sin embargo no hay angustia.


La diversidad de síntomas físicos y psíquicos que padecen estos niños, pudiendo ser estos reales a artificiales, presentan como nota distintiva que la aparición de los mismos, es creada o inducida por la madre. Es decir, los síntomas se vinculan directamente a su presencia o ausencia, mejoran o desaparecen en ausencia de la madre, y vuelven a aparecer en presencia de esta.


Suele suceder que el conjunto de síntomas no se ajuste a ningún cuadro médico conocido, o por el contrario, del relato de los padres la enfermedad sea casi de manual. Esto obliga naturalmente de parte de los médicos a tomar los recaudos necesarios para determinar un diagnóstico, aunque generalmente no se logra dar con un claro cuadro de la enfermedad. Tal situación, plantea la posibilidad de que la enfermedad sea ficticia. Con esto queremos decir que desde el paradigma médico, no existe patología orgánica alguna en la cual el cuerpo esté comprometido. De aquí, que la intervención deba apuntar hacia otras formas de tratamiento.


Comienza así la sospecha que la naturaleza de la enfermedad transcurre por el carril de lo psicológico o psiquiátrico, y que el niño es víctima de una forma de vínculo con la madre, en la cual ella induce o crea los síntomas por los cuales dice que el niño sufre. Se vislumbra así en el horizonte diagnóstico la posibilidad del abuso o maltrato infantil.


Cuando esto es advertido por los padres, la posición de los mismos cambia. Ya no desean que el niño sea atendido, plantean que los médicos carecen de pericia para saber que les pasa, y de aquella extraña devoción, amor y cuidado que solían manifestar por su hijo, se pasa a una desconfianza paranoide, donde ante la derivación al servicio de psiquiatría o psicopatología, utilizan la misma como excusa para emprender la huída e ir a consultar en otro lugar, transformándose esto en una interminable carrera hospitalaria sin posibilidad de que adviertan su implicación en la patología del niño.


La existencia real de síntomas en el cuerpo, no basta o no es suficiente para determinar la existencia de patología médica. Los médicos, como ningún otro profesional de la salud, pueden estar completamente seguros de que no hay enfermedad, por lo cual la problemática ética en estos casos, se instala en el mismo seno del saber profesional.


Esto plantea a veces el problema de la verdadera enfermedad, es decir, ¿el paciente está enfermo? Tal sucedía en el S. XIX con la histérica, a la cual se acusaba de simuladora, ya que no había en sus síntomas ninguna referencia verificable en el orden anátomo patológico.


Sabemos que la histeria presenta estos síntomas en el cuerpo en la forma conversiva, es decir un conflicto psíquico se transmuta en el cuerpo, por ejemplo en vómitos, dolores de cabeza, mareos, etc. Sin embargo, los síntomas que se presentan en el Síndrome de Münchausen son completamente distintos, por lo cual el cuadro genera confusión y grandes dificultades a la hora del diagnóstico, ya que la presencia de alteraciones o la suposición de que existen, da lugar a las medidas terapéuticas que el profesional a cargo considera pertinentes para el caso.


La complejidad de este síndrome resulta de su particular presentación, ya que la fabricación y creación de falsas historias clínicas, las hospitalizaciones en diversas instituciones médicas (ingresos y re-ingresos constantes), los innumerables estudios clínicos por los cuales atraviesan los niños, la alteración de los análisis o la administración abrupta de medicamentos, generan la actitud de no descartar una verdadera patología, sobre todo teniendo en cuenta que la madre suele presentar ciertos conocimientos en relación a las enfermedades y procedimientos técnicos que deben realizarse. Este saber, reviste importancia por la significación que lo médico adquiere en la historia vital de la madre. Así es que suele observarse este síndrome en gente que trabaja o es allegada a las instituciones hospitalarias o bien en padres con familiares médicos.


Se advierte de esta manera que el niño es víctima de la violencia ejercida por la madre, pero cuya manifestación está velada por un discurso que se adecua a la preocupación socialmente esperable por la salud de los hijos. Es por esto que señalamos que bajo el rostro del amor manifestado por la madre, en realidad se encuentra un niño presa del abuso.


Por otra parte, al tomar conocimiento de este tipo de patologías donde está implicado un menor, también se plantea la necesidad de informar a las autoridades judiciales, a fin del resguardo del niño y proteger la integridad de su salud.


Este tipo de vínculo patológico entre la madre y el niño, reviste ciertamente, un riesgo de vida de considerable importancia para el niño. Puede ver afectada tanto su salud física (por las secuelas de los innumerables estudios a que es sometido) como su salud psíquica (con consecuencias tanto en la estructuración subjetiva como en su representación del cuerpo)


En el desarrollo normal de todo ser humano, la dependencia, no sólo física sino afectiva del niño respecto del adulto, promueve un tipo de vínculo que en los comienzos de la vida resulta de fundamental importancia y sin el cual, el niño queda librado a la indefensión. Esta dependencia respecto del otro, puede volverse patológica cuando la relación entre ambas partes adquiere formas en las cuales la omnipotencia materna anula cualquier tipo de deseo de parte del niño. Tal sometimiento promoverá, de acuerdo a la historia vital de cada individuo, distintas clases de padecimiento. El otro materno, se vuelve aquí el amo exclusivo del deseo del niño. La dependencia, se volverá violencia, mediante un aplastamiento del yo del niño quién pasivamente sufrirá por amor a la madre.


La apropiación del cuerpo del hijo, por parte de la madre impide la construcción de cuerpos y espacios diferenciados. Aquello que en el origen responde a una necesidad de libidinizar el cuerpo del hijo para que sea motor del desarrollo psíquico, deviene un cuerpo cuya característica es ser objeto del goce materno. Es decir, el cuerpo sufriente del hijo, se enlaza a alguna forma de satisfacción inconciente para la madre y a algún tipo de beneficio secundario ligado a la necesidad de someter y someterse al saber del otro, saber médico en este caso, que resultará insuficiente para responder a la demanda de la madre.


Resulta significativa en las historias clínicas de estos casos, la ausencia del padre en tanto función simbólica, que permita intervenir en el vínculo simbiótico establecido entre la madre y el niño.


CONCLUSION


La violencia y el abuso, pueden enmascararse bajo las formas del amor. ¿Quién puede amar más que la madre? Esto es lo que está puesto en cuestión.


Que el niño sea objeto de amor para la madre es un complejo proceso de construcción subjetiva, que puede verse anulado bajo ciertas circunstancias y devenir para el niño sumamente riesgoso, tanto para su vida física como para su futura vida psíquica. Aquello que en lo manifiesto se presenta como un discurso amoroso y de protección por la salud del niño, puede eventualmente develar un deseo de muerte, siempre anónimo, desconocido, cuyo objeto recae en el hijo y que eventualmente éste, puede apropiarse como un deseo propio y recaer en alguna forma autodestructiva o en la repetición del mismo recorrido de atenciones médicas y hospitalarias que constituyeron su historia personal.


Retomando aquello que mencionábamos al principio, el amor, a veces, puede bordear el camino de lo patológico. Cuando el lazo que se establece ubica a uno de los partenaires en la posición de objeto, su lugar es de víctima, y cuando esta violencia se establece en el vínculo madre-hijo, como en el caso del Síndrome de Münchausen, los riesgos futuros adquieren mayor envergadura.


BIBLIOGRAFIA CONSULTADA


1) Ascher R. : Munchausen´s syndrome. Lancet 1951;1:339-34

2) Meadow, R.: Munchausen syndrome by proxy: The hinterland of child abuse. Lancet, 2, 342-345

3) Fudín, Mónica: "Bajo sospecha". Maltrato infantil: Síndrome de Münchausen. Rev. Psicoanálisis y el Hospital, Año 7 Nº 14, 1998.

Horacio Castillo



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