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Psicoterapia y Religión
20110919

Investigar y pensar las relaciones entre psicoterapia y religión constituye una labor fascinante y ardua. Se trata de un campo sumamente extenso tremendamente complejo y delicado donde quedan numerosas preguntas sin responder.

No solamente la consulta de bibliografía psicológica, religiosa y social, sino además la experiencia religiosa y la practica como psicoterapeuta me ayudó a dar colorido vivencial para poder realizar esta difícil tarea.

El intercambio con colegas, con religiosos y con personas comprometidas en ambos quehaceres enriqueció aún más y permitió anudar algunas de las reflexiones que les ofreceré.

Se da una coexistencia de hecho entre creencias, prácticas religiosas y prácticas psicoterapéuticas, entre el accionar de psicoterapeutas y el de religiosos, entre aquellos que van al consultorio psicológico y los que van al templo de Dios o creen en él.

Tanto las religiones como las prácticas religiosas intentan dar respuestas a inquietudes básicas de la existencia humana, pero de manera diferentes.

Desde hace miles de años hasta la fecha las religiones han tomado sobre sus espaldas el peso de guiar y dotar de sentido la vida del hombre con principios rectores y normas éticas y morales que fundaron nuestras culturas.

Del antiguo hechicero, nacen los médicos y luego los psicólogos. Aprendices de brujo, chamanes modernos al decir de Levy Strauss sobre los psicoanalistas, nos ocupamos de espíritus dolientes, de almas en pena.

Psicoterapeutas y religiosos intentan hacer más llevadero nuestro paso por el mundo; buscando dotar de trascendencia y armonía a la existencia unos, tratando de mejorar la calidad de vida los otros.

La religión ofrece valores universales (justicia, amor) preceptos, dogmas, intenta dar respuestas a la verdad de nuestra existencia.

La pretensión científica de las prácticas psicológicas genera interrogantes, cuestionamientos, verdades relativas que se oponen en este aspecto a lo religioso, pero debiendo encontrar el difícil camino de una ética y moral propias, herederas con seguridad de la religión cuyo basamento les dio origen.

Me parece muy ilustrativo el comentario de un paciente en una de sus primeras sesiones de terapia que decía: ?Esto es como la confesión (católica), le debo contar (confesar) todos mis pensamientos, mis sentimientos, pero Ud. no me dice que está bien y qué está mal, como en la iglesia.?

¡Que tentación opinar sobre el bien y el mal!... Que compromiso el hablar o callar!...Los terapeutas tenemos por convicción que el no decirle que está bien y que está mal le permitirá ir descubriendo ?su bien? y ?su mal?. Camino que además la llevará a interiorizar una normatividad que surgirá del interjuego de sus deseos y necesidades y de las posibilidades y restricciones del contexto social que la rodea.

También es cierto que las respuestas requeridas son diferentes de acuerdo al momento personal e histórico que una persona atraviesa.

Existen situaciones en las cuales se hace necesario una mayor apoyatura externa, con códigos definidos y moldes que sirven para orientarse y organizarse. La religión ofrece claramente esta alternativa cumpliendo una importante función de apuntalamiento y soporte.

En muchos casos la congregación, el grupo de fieles contienen y acompañan para superar trances difíciles. Esto es desde el punto de vista psicológico una ayuda inestimable: al reconfortar, disolver ansiedades y permitir además el refuerzo de sentimientos de pertenencia e identidad.

Sentirse perteneciente a un culto religioso otorga lazos de unión además de proponer metas, valores e ideales.

No menos importante es el sentimiento de identidad. Ser judío, católico o protestante forman parte del sí mismo y están inmensamente cargados, históricamente primero y familiarmente después, desde el momento del nacimiento y aún antes.

Todos los momentos trascendentales de nuestra existencia están atravesados por la presencia de ritos y prácticas religiosas; las uniones, los nacimientos, las ceremonias de iniciación y las muertes llevan la presencia y la marca de una identidad religiosa y del otorgamiento de un sentido. El impacto emocional que generan es de una fuerza y un peso importantísimo, ya que calan profundamente en nuestra psique al enraizarse con recuerdos, deseos, alegrías y angustias en todos nosotros.

Por otra parte, es importante señalar la relación entre las instituciones religiosas y las estructuras de poder, pero no ahondaré en ello por exceder los propósitos de este trabajo.

En la práctica, psicoterapia y religión tienen áreas de superposición. Mencioné anteriormente que la religión y los religiosos pueden llegar a ejercer una función psicológica de apoyo, sostén y guía. Psicoterapeúticamente esto es altamente necesario en personas con severas carencias afectivas, precaria organización psicológica, en aquellos que deambulan sin rumbo ni sentido por la vida o en los momentos de crisis vitales. Aquí psicoterapeutas y religiosos ejercemos psicológicamente una acción similar en sus efectos, me refiero a los efectos psicológicos, el sentido de la acción religiosa trasciende ese momento.

A su vez para muchos devotos de psicoterapia ésta cumple una función religiosa; se constituye en fin último y ritual que se cumple con frecuencia regular, la palabra y a veces el silencio del terapeuta son tomados como el equivalente de las señales de Dios, organizándose la vida y los actos alrededor de ello.

Nosotros, los psicoterapeutas, corremos el riesgo de estamparnos en ese lugar permitiendo una peligrosa superposición, que lejos de llevar a la persona a la mejoría perpetúa un circulo vicioso de dependencia fatua. Y más corremos ese riesgo si endiosamos nuestra teoría y nuestra práctica creyéndolas verdades últimas y nosotros los iluminados de esa verdad que debemos comunicar a nuestros pacientes.

La función de escucha de un religioso puede también superponerse con la del psicoterapeuta. Muchas personas acuden a la consulta con el religioso en busca de alivio a sus angustias, de respuesta a sus preguntas, de consejo en sus decisiones. También suele ocurrir que lo erigen como juez entre partes, armonizador familiar. Frecuentemente y a lo largo de miles de años los religiosos han sabido hacerlo.

Pero actualmente los psicoterapeutas hemos ido ocupando alguno de estos lugares categorizando y diagnosticando la angustia excesiva, los estados de confusión, los conflictos familiares, etc y encontrando métodos terapéuticos para enfrentarlos. Y en ese sentido debemos poder diferenciar aquello que es saludable (cierto monto de angustia existencial, de inquietud por el sentido de la vida, de temor ante la muerte) de problemáticas que son más neuróticas o psicóticas más signadas por lo repetitivo, por la dificultad y estereotipia en resolver situaciones de la cotidianeidad.

De esto último podría llegar a entenderse que los psicoterapeutas remplazamos a los religiosos y esto no es así. Estos no se han ocupado ni perfeccionado en curar insanos ya desde tiempos bíblicos.

Por otro lado a nadie se le ocurriría llamar a un psicoterapeuta para la celebración de un nacimiento, para un entierro o un casamiento.

Desde la psicoterapia y desde la religión se realizan distintos quehaceres plausibles de llevarse a cabo ambos sin que impliquen contraposición o incompatibilidad de uno con el otro, más bien complementariedad en la variedad de búsquedas que alguien puede emprender.

Existen numerosas personas que concurren al psicoterapeuta y profesan conjuntamente un culto religioso. También las hay que hacen política, juegan al ajedrez o estudian hindú y uno no se pregunta si son compatibles o no.

En ese sentido nuestra postura como terapeutas es importante que sea la de respetar y comprender las diversas elecciones que una persona puede ir realizando para desarrollar en plenitud sus potencialidades.

La religión o la comunidad religiosa aportan y proveen muchas veces las formas y estructuras para posibilitar desarrollos personales, y en ese sentido si nuestro accionar terapéutico se orienta de igual forma veremos que es posible la complementariedad.

Sí puede resultar incompatible la tarea psicológica con la religión cuando ésta es utilizada con finalidades francamente restrictivas o patológicas, para enmascarar trastornos obsesivos, delirios místicos, represiones sexuales, déficits en la integración social o laboral, etc. Allí el terapeuta contará con el tino y la habilidad para encontrar las brechas que permitan desintegrar los aspectos regresivos o enfermos amparados en el cumplimiento de dogmas religiosos, para permitir, luego de elaborarlo, su integración más plena en un momento posterior.

Constituye la fe un factor curativo?... La fe ha sido definida como una luz y conocimiento sobrenatural con que sin ver se cree en lo que Dios dice.

Psicológicamente fe es confianza, también esperanza.

Es una expectativa, un anhelo.

Es lo que nos permite soportar los momentos duros y lo que nos guía para hallar un horizonte nuevo.

Es presente y futuro.

Es templanza y fuerza que promueve y sostiene la acción.

Es el arca que contiene nuestra llama vital. La fe se asocia a los instintos de vida, a la creación, a los cambios.

La levedad y finitud de lo humano y la conciencia de ello producen vivencias angustiosas de desamparo, de vacío, de nada.

La fe permite proveer los símbolos que irán liberando o reduciendo esa angustia. Esta se acentúa en los momentos de crisis vitales donde se produce una sensación de pérdida de continuidad. El puente que permite enlazarse con un devenir futuro está trazado por la fe.

La falta de fe, de confianza, de ilusión es tributaria del abandono, de la depresión, de la disgregación, de la muerte.

Todos, seamos o no concientes de ello, creemos en algo o en alguien.

Necesitamos creer (tener fe).

Para algunos es Dios; para otros el hombre, una ideología política, una teoría científica, un grupo, una persona.

Ahora bien, los pacientes que realizan tratamientos psicológicos confían y esperan (tienen fe) en ser ayudados a mejorar.

Los psicoterapeutas somos depositarios de esa fe, y como tales la sostenemos y encauzamos para los fines terapéuticos. Orientamos la fe curativamente.

Pero también es nuestra labor prevenir la utilización de esa fe como factor de pasividad, de dependencia, de sometimiento.

Uno de los desafíos más difíciles que enfrentamos es el de no dejar ligada esa fe por siempre a nosotros o nuestras ideas.

Cada sujeto irá llevando su antorcha encendida hacia senderos ignotos que él mismo irá iluminando.


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